Donde los caminos se separan

Pasá que te cuento - Miriam Venezia®

Rosa y Abel se conocieron en el estadio, compartiendo cierta pasión por el futbol. Ella jugaba en su club de barrio y él con amigos.

Enseguida empezaron a salir.

A través de Rosa, encontró nuevas relaciones y la posibilidad de, en la misma institución, ingresar al equipo masculino.

Un año y medio después se casaron y ella sintió que era para toda la vida.

Trabajaba ocho horas por día, y él tenía trabajos temporarios.

Al tiempo nació su hija, Catalina.

Fue en esa época en que Rosa tomó real consciencia de que Abel no tenía idea ni se cuestionaba las responsabilidades de

llevar adelante un matrimonio, y mucho menos las de criar a su hija.

Tratando siempre de justificarlo, se puso al hombro la tarea,

que iba aprendiendo sobre la marcha, y no logró que él acompañara el proceso.

También entendió su parte de responsabilidad en todo esto.

Dejó de lado la única actividad que disfrutaba y le daba espacio personal.

Él, gracias a tener un trabajo independiente, que le daba algo de dinero y mucha flexibilidad, dedicaba mucho tiempo al equipo y al club.

Aunque lo amaba y lo consideraba una buena persona, Rosa estaba muy enojada, eso no le impidió darse cuenta de que Abel estaba haciendo todo lo que no había podido antes de conocerla, y ahora, teniendo él herramientas propias, ella se había convertido en su principal impedimento.

Supo que, si seguían juntos, nunca iban a poder crecer como las buenas personas que son.

Quizá la falencia de Abel era el impedimento de pensar en los demás a la vez que en sí mismo.

La de Rosa, permitir que lo correcto apagara los gritos de su instinto y dejara aflorar rencores que, necesariamente, afectarían a la familia.                      

Después de la inevitable separación, cada uno encontró la manera de encausar su vida.

*** 

Nivia y Pedro se conocieron siendo chicos; nacieron en el mismo barrio y fueron juntos a la escuela.

En la secundaria se sentaron juntos y lograron una linda amistad.

Durante el último año, optaron por carreras diferentes, ella se decidió por Psicología y él por Ingeniería.

Al dejar la escuela, sus nuevos estudios les demandaban mucho tiempo, quedando su relación como suspendida en el tiempo.

Varios años después, el casamiento de un amigo común volvió a reunirlos. Se sintieron felices por el encuentro y el baile fue una buena excusa para volver a conversar.

La charla continuó a la semana siguiente.

Se encontraron en un bar y, compartiendo un café, supieron que el mutuo sentimiento de amistad estaba intacto, con algunos matices que ambos percibieron.

Habían madurado y, después de varios encuentros, comenzaron a considerar la posibilidad de seguir creciendo juntos.

La boda tuvo lugar al año siguiente.                           

Fueron construyendo su hogar compartiendo coincidencias, haciendo acuerdos con las diferencias y el infaltable condimento de alguna discusión propia de los matrimonios.

Tuvieron un hijo, hoy adolescente, a quien criaron sumando los valores recibidos en la niñez, a los adquiridos posteriormente. Trataron de adaptarse a la época que les toca vivir, sabiendo que Diego es una persona diferente, como también ellos lo son.

En algunas ocasiones, les preguntan “¿cómo hacen para seguir juntos después de tantos años?”

Y ellos, mirándose con amor y complicidad responden “seguimos haciendo proyectos en común, sin perder nuestras esencias, y volvemos a elegirnos cada día”.

 

   Miriam Venezia

17/04/2026

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