Donde los caminos se separan
Enseguida empezaron a salir.
A través de Rosa, encontró
nuevas relaciones y la posibilidad de, en la misma institución, ingresar al
equipo masculino.
Un año y medio después se
casaron y ella sintió que era para toda la vida.
Trabajaba ocho horas por día,
y él tenía trabajos temporarios.
Al tiempo nació su hija,
Catalina.
Fue en esa época en que Rosa
tomó real consciencia de que Abel no tenía idea ni se cuestionaba las
responsabilidades de
llevar adelante un matrimonio,
y mucho menos las de criar a su hija.
Tratando siempre de
justificarlo, se puso al hombro la tarea,
que iba aprendiendo sobre la
marcha, y no logró que él acompañara el proceso.
También entendió su parte de
responsabilidad en todo esto.
Dejó de lado la única
actividad que disfrutaba y le daba espacio personal.
Él, gracias a tener un
trabajo independiente, que le daba algo de dinero y mucha flexibilidad,
dedicaba mucho tiempo al equipo y al club.
Aunque lo amaba y lo
consideraba una buena persona, Rosa estaba muy enojada, eso no le impidió darse
cuenta de que Abel estaba haciendo todo lo que no había podido antes de
conocerla, y ahora, teniendo él herramientas propias, ella se había convertido
en su principal impedimento.
Supo que, si seguían juntos,
nunca iban a poder crecer como las buenas personas que son.
Quizá la falencia de Abel era
el impedimento de pensar en los demás a la vez que en sí mismo.
La de Rosa, permitir que lo correcto apagara los gritos de su instinto y dejara aflorar rencores que, necesariamente, afectarían a la familia.
Después de la inevitable separación, cada uno encontró la manera de encausar su vida.
***
Nivia y Pedro se conocieron siendo chicos; nacieron en el
mismo barrio y fueron juntos a la escuela.
En la secundaria se sentaron
juntos y lograron una linda amistad.
Durante el último año,
optaron por carreras diferentes, ella se decidió por Psicología y él por
Ingeniería.
Al dejar la escuela, sus
nuevos estudios les demandaban mucho tiempo, quedando su relación como
suspendida en el tiempo.
Varios años después, el
casamiento de un amigo común volvió a reunirlos. Se sintieron felices por el
encuentro y el baile fue una buena excusa para volver a conversar.
La charla continuó a la
semana siguiente.
Se encontraron en un bar y,
compartiendo un café, supieron que el mutuo sentimiento de amistad estaba
intacto, con algunos matices que ambos percibieron.
Habían madurado y, después de
varios encuentros, comenzaron a considerar la posibilidad de seguir creciendo
juntos.
La boda tuvo lugar al año siguiente.
Fueron
construyendo su hogar compartiendo coincidencias, haciendo acuerdos con las
diferencias y el infaltable condimento de alguna discusión propia de los
matrimonios.
Tuvieron un hijo, hoy
adolescente, a quien criaron sumando los valores recibidos en la niñez, a los
adquiridos posteriormente. Trataron de adaptarse a la época que les toca vivir,
sabiendo que Diego es una persona diferente, como también ellos lo son.
En algunas ocasiones, les
preguntan “¿cómo hacen para seguir juntos después de tantos años?”
Y ellos, mirándose con amor y
complicidad responden “seguimos haciendo proyectos en común, sin perder
nuestras esencias, y volvemos a elegirnos cada día”.
Miriam Venezia
17/04/2026
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